
Un buen día vino a mi jardín un hada verde. Pintó, como si se tratase de su jardín, mis flores y mis enredaderas de colores, algunos incluso desconocidos a mis ojos. También perfumó los cielos y los aires de mi espacio con un aroma dulce e irreconocible, pero que a la postre en mi, se haría indispensable. También llenó el silencio con sus risas y sus cantos, y llenó la quietud de mi valle con los vuelcos de daba entre las plantas, con esos giros llenos de energía, inesperados, divertidos y sensuales; danzaba, brincaba, corría y corría y se daba tumbos y entre tumbos se revolcaba y luego se recostaba entre los verdes del césped para perderse en los azules del cielo, enmarcada por los rojos, los amarillos, los púrpura y los anaranjados de mi jardín.
Un buen día decidí espiarla. Y la seguí por semanas y por meses sin que ella se diera cuenta de mi presencia. Me convertí entonces en testigo de aquella aventura diaria en la que convertía su vida. Admiré, ya de cerca, las formas de su cuerpo y la perfección de su rostro; su coquetería natural, el trazo de su figura, la estela, su feminidad escondida y a la vez abierta. Me envolvieron su mirada y sus bellos labios, y con ellos, devoró mi voluntad y mis expectativas: ya era suyo, me había hechizado, aunque ni ella ni yo lo sabíamos. Un día me descubrió y lejos de asustarse o incomodarse, me invitó a jugar con ella. Y jugamos, fuimos cómplices del juego que no tiene límites ni reglas, un juego que sólo las hadas y los niños comprenden, aunque yo no fuese un niño. Descubrimos lo diferentes que éramos y nos conformamos a mirarnos de lejos y, de vez en cuando, sonreírnos, tímidos, infantiles… luego ella se echaba a volar para internarse en las nubes y regresar a los pocos minutos con un obsequio para mí: un pedazo de algodón que ella me invitaba a comer, un pedazo de cielo que ante mis ojos y para mi sorpresa sabía a manzanas acarameladas. Cuando se nos acababa el dulce, ella iba por más, como si no se le agotara el entusiasmo por sorprenderme.
Y me sorprendía. Y me encantaba.
Luego, sin que yo me lo esperara, me dijo en secreto que me quería. Yo enmudecí. Pero seguí jugando: porque yo también la quería.
Así, al pasar de las estaciones, caí irremediablemente enamorado de su fantasía. Y de ella. Surgió en mí una enorme necesidad de besarla y acariciarla y bailar y volar a su lado. Ella también lo deseaba. Decidimos amarnos. Un mal día la tomé con mis manos y la lastimé. No lloró, sólo se chapeó el rostro y me mostró la lengua en juego. Quise besarla, pero las dimensiones de mi boca representaban un peligro para ella. Yo era un gigante y ella apenas un botón de flor. Nuestro amor era imposible. Se lo expliqué. Ella, lloró. Y yo lloré. Ella se escondió y yo abandoné el jardín.
Comencé a morir sin ella.
Acudí a la religión y a la sabiduría de mi tiempo para encontrar consejo. Visité al viejo brujo del pueblo y le expliqué mi problema. Él sonrió. Abrió uno de sus libros, el más grande de todos, buscó una página y luego, con el índice de su mano derecha, señalo algo, una figura diminuta que sostenía con las dos manos un trébol de cuatro hojas. Sólo asentí y cerré los ojos. Él tomó su vara y bramó en latín las palabras mágicas… Y así fue como sucedió. Aquél fue el día en que decidí convertirme en duende. Al día siguiente la esperé ansioso y bien peinado entre las hojas del eucalipto que ella había pintado de amarillo…
Un buen día decidí espiarla. Y la seguí por semanas y por meses sin que ella se diera cuenta de mi presencia. Me convertí entonces en testigo de aquella aventura diaria en la que convertía su vida. Admiré, ya de cerca, las formas de su cuerpo y la perfección de su rostro; su coquetería natural, el trazo de su figura, la estela, su feminidad escondida y a la vez abierta. Me envolvieron su mirada y sus bellos labios, y con ellos, devoró mi voluntad y mis expectativas: ya era suyo, me había hechizado, aunque ni ella ni yo lo sabíamos. Un día me descubrió y lejos de asustarse o incomodarse, me invitó a jugar con ella. Y jugamos, fuimos cómplices del juego que no tiene límites ni reglas, un juego que sólo las hadas y los niños comprenden, aunque yo no fuese un niño. Descubrimos lo diferentes que éramos y nos conformamos a mirarnos de lejos y, de vez en cuando, sonreírnos, tímidos, infantiles… luego ella se echaba a volar para internarse en las nubes y regresar a los pocos minutos con un obsequio para mí: un pedazo de algodón que ella me invitaba a comer, un pedazo de cielo que ante mis ojos y para mi sorpresa sabía a manzanas acarameladas. Cuando se nos acababa el dulce, ella iba por más, como si no se le agotara el entusiasmo por sorprenderme.
Y me sorprendía. Y me encantaba.
Luego, sin que yo me lo esperara, me dijo en secreto que me quería. Yo enmudecí. Pero seguí jugando: porque yo también la quería.
Así, al pasar de las estaciones, caí irremediablemente enamorado de su fantasía. Y de ella. Surgió en mí una enorme necesidad de besarla y acariciarla y bailar y volar a su lado. Ella también lo deseaba. Decidimos amarnos. Un mal día la tomé con mis manos y la lastimé. No lloró, sólo se chapeó el rostro y me mostró la lengua en juego. Quise besarla, pero las dimensiones de mi boca representaban un peligro para ella. Yo era un gigante y ella apenas un botón de flor. Nuestro amor era imposible. Se lo expliqué. Ella, lloró. Y yo lloré. Ella se escondió y yo abandoné el jardín.
Comencé a morir sin ella.
Acudí a la religión y a la sabiduría de mi tiempo para encontrar consejo. Visité al viejo brujo del pueblo y le expliqué mi problema. Él sonrió. Abrió uno de sus libros, el más grande de todos, buscó una página y luego, con el índice de su mano derecha, señalo algo, una figura diminuta que sostenía con las dos manos un trébol de cuatro hojas. Sólo asentí y cerré los ojos. Él tomó su vara y bramó en latín las palabras mágicas… Y así fue como sucedió. Aquél fue el día en que decidí convertirme en duende. Al día siguiente la esperé ansioso y bien peinado entre las hojas del eucalipto que ella había pintado de amarillo…